
Sin testimonio gráfico que acredite mi visita, ayer una servidora participó en la primera carrera del circuito Mapoma del presente año en Torrejón de Ardoz, la ciudad de las bandas sonoras. Esta descripción no se debe a que atrone constantemente por sus calles aquella empalagosa canción del borrachín de Joe Cocker, Up where we belong, no,no, es porque sus calles se encuentran atestadas de pequeños montículos que dificultan al máximo la conducción. Supongo que las autoridades temen a los militronchos beodos que pueblan sus calles en sus horas de permiso.
Sinceramente, no sé bien que contar en esta crónica, me cuesta cada vez más extraer cierta sustancia y gracia a estos eventos, que para ser sinceros, no son proclives a las reflexiones profundas o a la anécdota descacharrante. Pero sí podría destacar del día de ayer la pésima organización de Mapoma, que no sólo retrasó la carrera algo más de media hora al ritmo de los silbidos histéricos del personal, sino que nos hizo sufrir a mí, a dos de los Pataliebres (Alfredo y Jota), y al resto de los presentes, una kilométrica cola infernal para reactivar el chip del pasado año o realizar la pertinente inscripción de éste. De no ser por los atuendos deportivos, hubiera jurado que me encontraba en la puerta de El Corte Inglés el día 6 de enero junto a las maris que aguardan impacientes las rebajas más multitudinarias y chonis del año.
Una agradable rasquilla que se convirtió en un frío agudo y penetrante tras una hora de espera, nos mantuvo en un state alert hasta el comienzo de la carrera, 2 vueltas poligoneras que me hicieron constatar la fealdad de nuestros municipios madrileños y sus agrestes paisajes urbanos, aunque suene ésto último a contradicción. Horribles visiones a las que habría que sumar los escalofríos que mi cuerpo empezó a notar, y no de placer, sino una vez más, producto de la letal combinación del movimiento físico, exceso de transpiración y un solazo que atizaba pese al airecillo fresco que corría por aquellos lares torrejeños.
58’ minutos aproximadamente después, llegué a meta con la esperanza de ser recibida por un mulatón yanqui, fornido y mazas procedente de la base militar anexa, sin embargo, lo único que me esperaba era una enorme cola, de gente (puntualizo), que aguardaba ansiosa la consabida bolsa del corredor, con sus souvenirs de tercera regional y su camiseta que como todos sabemos, acaba enjironada, siendo pasto de Pronto multiusos del hogar.
Sola, cansada y exhausta, decidí prescindir del clásico por excelencia de toda carrera que se precie, y salir huyendo de Torrejón, la ciudad de las bandas sonoras, en busca de mi Richard Gere particular.





